Pelando guisantes

Allá por el 1990, cuando no había móviles y nos mirábamos mas a la cara, puede que el sol calentara mas, los pájaros cantaran mejor y las colas fueran menos largas, aun que probablemente no. Lo que si que es cierto es que el negocio alimenticio era bien distinto al de ahora: la producción no era tan en masa, Monsanto Company todavía era un torpe principiante en la modificación genética de células vegetales y no había 3 supermercados que manejaran el cotarro. Todavía subsistían los pequeños negocios, vendedores humildes y atentos, orgullosos de sus pequeñas tiendas, de ellos mismos y de nosotros, sus clientes.

Había una tienda al lado de mi casa que vendía frutas y verduras. Pequeña y oscura. Por aquel entonces no era tan importante la apariencia. No se preocupaban por tal iluminación, tal logística o tal cancioncita pegadiza compuesta para que suene cada cinco minutos por cada eterno pasillo. Simplemente era un local de 20 metros cuadrados llevado por un matrimonio que seguramente crecieron en el mismo pueblo y un día en las fiestas patronales bailaron, se gustaron y follaron en los asientos de atrás de un 600. Al día siguiente el le pidió matrimonio porque venían de buenas familias con nombre y tierras y era muy impuro eso que estaban haciendo. Puri acepto y ella y Manolo heredaron el caserío que les correspondía. Puri y Manolo. Muy castizo todo.

A ella le recuerdo alta y gorda. Enorme. Aunque pensándolo ahora y con mi metro 20 de aquel entonces y con lo relativa que es la vida seguramente no fuera para tanto.

A el le recuerdo con un jersey verde y con las manos sucias de tierra. ¿puede ser que le faltara algún diente? No lo se.

Lo que si que recuerdo es que me hablaban y yo no contestaba. No se si era porque pronunciaban mal mi nombre o porque estaba en estado de shock ante esa situación esperpéntica con Manolo y su posible falta de dientes y Puri y su verídica abundancia de bello en el morro.

A pesar de todo, vendían bien los señores, venta de barrio, venta cercana, de las que ya no quedan. Era todo natural, recién salido de su caserío, sin pesticidas, raticidas, edulcorantes, colorantes, aromatizantes, acidulantes, conservantes, conservante E-220, E-234, E-435 y ese largo etcétera que aparece en los envases de nuestros productos y que yo personalmente solo me dignado a leer una vez y ha sido ahora mismo.

Tenían productos que ni utilizaban envases, como los guisantes, que directamente te los vendían a peso y dentro de su vaina. Generalmente era Puri la que con un guante de plástico cogía un puñado y los iba acumulando en el peso hasta que la aguja marcara el kilo que le había pedido mi madre, con vaina incluida. Le daba las gracias y nos íbamos para casa, esa noche tocaba guisantes. Pero había que pelarlos, claro esta, y mi madre requería de nuestras pequeñas y habilidosas manos o simplemente necesitaba que yo y mis dos hermanos nos quedáramos quietos por unos minutos. Así que nos sentábamos en la terraza y nos pasábamos toda la tarde sacando los guisantes de sus vainas.

Sin camiseta y con calor, abríamos la vaina y tirábamos los guisantes de su interior a una olla en la que poco a poco se iban acumulando formando una gran montaña granulada. A ritmo de tambor y con mi madre asomándose para vigilar de vez en cuando, cualquier vecino hubiera asemejado aquella imagen a un taller de confección ilegal antes que a una terraza de una vivienda familiar. Pero que curiosa es la mente, que una simple tarea rutinaria puede llegar a convertirse en un recuerdo cálido. Habiendo pasado 10 años y en otro país de vez en cuando me ronda la cabeza, sonrío unos segundos y lo vuelvo a archivar en la carpeta de recuerdos irrelevantes de mi mente.

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