El monje y la montaña

Suspendidos a metros de distancia, nuestro cuerpo notaba el balanceo del telesilla, acompañado como no, por el chirrido hipnotizante que salia de los engranajes oxidados y rebotaba por aquel inmenso valle de montañas hasta perderse a lo lejos donde nuestra vista ya no alcanzaba. Mientras los chirridos se alejaban la brisa se acercaba. Una brisa alta y fría, que fluía por aquel paisaje natural y subreal sacado de lo mas profundo de mis sueños. Se respiraba soledad, pero no de la mala, sino de esa que te recuerda cuan insignificante es el ser humano ante la inmensidad y majestuosidad de la madre tierra. Ademas, no estaba sola: compartía telesilla con un monje budista que muy para mi sorpresa hablaba perfecto español castizo. Bien podría ser vecino de Mansilla de las Mulas, pero no, era oriental, con cara rapada y aplastada, achinada. Vestía una túnica naranja y roja, a juego con las montañas que nos rodeaban. Compartían también, las mismas manchas de nieve, que no eran demasiadas, las suficientes para que el contraste rojo-naranja-blanco quedara equilibrado. Estaba nevando ligeramente pero para cuando un nuevo copo se encontraba a escasos centímetros de la superficie otro comenzaba a desaparecer, asique el equilibrio se salvaba. La montaña también era vieja, y sabia. Compartían tantas similitudes que bien podrían ser gemelos hermanos.

Me estaba hablando, en su perfecto español castizo, de que el ser humano no tiene remedio, de nuestro afán por luchar y destruir. Y de que todo esto se acabaría pronto.

Mucho antes de los albores de la humanidad la lucha ya era un fuerte componente de la vida. Cada vez que una criatura compartía un pedazo de tierra con otra, solo era cuestión de tiempo que una lucha por los recursos comenzara. El hombre no es diferente, esta fascinado con la violencia -hizo una leve pausa, se le noto rabia, dolor. Quizá algo de su pasado que le marco para siempre. Pero que podría saber yo, le acababa de conocer hace escasos 2 minutos.

El hombre y la civilización -continuo- han aportado mas formas innovadoras de matar que cualquier otra función necesaria para la supervivencia. Hay mas formas de matar que de hacer pan, o de hacer el amor. Mientras que estas dos ultimas ocupaciones poseen una escala bastante limitada, el hombre ha superado con creces lo imaginado con su capacidad de destruir la vida con solo apretar un botón.

Entonces, el telesilla comenzó a moverse. De la nada apareció una montaña a juego con las otras y con el monje. Tenia un agujero en el centro, por el que se metían los raíles del telesilla y que conducía a las profundidades de esta, a sus entrañas. No estaba ahí por casualidad, eso era obra del hombre, o en ultima instancia de monjes. ¿a donde vamos? ¿a donde conduce ese agujero? ¡respondame señor monje!

– Tenemos un plan y nos vas a ayudar a ponerlo en marcha.

*el dialogo del monje esta sacado de la introduccion de la pelicula “Bunraku”. Homenaje a esa pelicula curiosa, diferente y con una imagen expectacular.

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