Airbus A380

Por un momento me he creído tumbada en la cama del hotel con vistas a Shangai por la ventana. Pero no, el segundo paseo del carrito delata que aun sigo en el avión. Las camareras-azafatas miran a un lado y a otro con la amplia sonrisa plastificada que adquieren al finalizar el curso de Tripulante de Cabina de Pasajeros. Preguntan si quieren esto o aquello en diferentes idiomas pero sin prestar atención a la nacionalidad de la persona a la que se dirigen. Usan el idioma aleatoriamente como para hacer alarde de que saben decir, y pronunciar a medias, café en muchos idiomas. Observo con admiración la paciencia de esas muñecas, su auto control para apartar de la mente pensamientos tales como romper una de las pequeñas ventanas con el tacón de 5cm que les obligan a llevar y suicidar su esmirriado cuerpo estampándolo en alguna coordenada del océano pacifico.

El padre de familia de la 15C se prepara para mirarle el culo a una de ellas por sexta vez mientras su mujer fantasea con aquel día en el que el vecino le pidió sal y después le metió todo el pan.

El 12A esta ocupado por una limpiadora en paro ojeando las ofertas de vuelos a Cancún y calculando la probabilidad de que ese año le toque la primitiva.

A la pequeña señora de delante, que es la primera vez que viaja en avión, le parece indignante que no se pueda usar el móvil porque no podrá avisar a su marido si el avión se estrella.

Poco le importa si se estrella o no al adolescente cabizbajo de al lado porque seguro que duele menos que el puñal que le ha clavado hace escasas 24 horas su amor platónico del instituto.

Los gemelos pelirrojos de la fila 10 empiezan a pelearse. Crean una orquesta de chillidos que inunda toda la cabina y atrae la atención de todos los pasajeros menos de uno. Un niño, de unos 9 años, que parece estar en otra dimensión, muy lejos, sin tiempo ni espacio. Esta haciendo algo, absorto, concentrado en lo que para el es mil veces mas importante que todas las gilipolleces de este mundo juntas, y sobre todo de ese avión. Contagiada por esa serenidad me fijo en lo que esta haciendo.

Sentado con las piernas colgando, ligeramente encorvado y con los codos apoyados en la mesita plegable, coge un cromo y mete la uña por una de las esquinas. Separa cuidadosamente la parte trasera de la delantera. Suena a despegado y se dobla ligeramente. Lo esta sujetando con el dedo indice de la mano izquierda. Con la derecha pasa las hojas tratando de encontrar su sitio. 179, ahí esta. No lo pega perfecto, ni mucho menos, pero le da igual, al fin y al cabo solo le importa terminar la colección antes que sus amigos.

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