Barrañan

Aquel 20 de septiembre, 8 de la mañana, llegue a casa y no estabas. Estarías trabajando. No llovía ¿porque nunca llueve cuando quieres como en las películas? La lluvia excusaría mi bajón. La lluvia seria la razón y no el veneno de la noche anterior. Desde la terraza se veía la playa, con tonos grises, olas bravas, y sin un alma. “Te entiendo” le dije con la mirada. Me puse el neopreno, aquel olor afrutado a parafina me recordó a tu cuerpo recién duchado, pero no estabas, estarías trabajando. Con la tabla en mano recorrí el camino de piedrecitas con mis pies desnudos, sufriendo seguro, pero no llegaba dolor alguno a mi cerebro. La arena se veía fría, y seguramente hubiera sido placentero cada pisar por aquel desierto, pero mi piel no sentía, había muerto. Pensé en que quizá algún beso tuyo la haría revivir, pero no estabas, estarías trabajando. Me metí en el agua y comencé a remar, a sortear esas murallas de acero que venían hacia mi desafiantes, “o tu o yo” podía leer en las lineas de su cresta. Cada vez mas grandes, cada vez mas furiosas, mas indomables. Pero ninguna tenia nada que perder, ellas morirían al llegar a la orilla, y yo ya estaba muerta por dentro.

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